Paremos la máquina

El tiempo siempre escaso a nuestros ojos nos demanda celeridad, la urgencia autoinfligida nos empuja a actuar, a ser-haciendo y a relacionarnos con un hablar sin escuchar. Esto explica mucho del malestar narrado por Byung-Chul Han (Sociedad del Cansancio) y las consecuencias en nuestra salud mental, que sobrepasada por una vida atropellada y “urgentada”, se apoya con ansiolíticos y se refugia con licencias médicas a tasas alarmantes.

Llevamos mucho tiempo sin valorar el silencio atento, y el respeto por los ritmos y ciclos vitales que naturalmente subyacen en todo. La naturaleza nos enseña las estaciones, las mareas, las épocas de siembra y de cosecha, los ciclos lunares, la rotación terrestre, como también los pulsos de nuestro propio cuerpo, de nuestra respiración, los ciclos menstruales de la mujer y de nuestro corazón. Todos obedecen a ciclos y tiempos orquestados más allá de nuestro entendimiento racional, pero que indudablemente contienen espacios de manifestación, potencia y empuje; y momentos de retiro, reposo, silencio y nutrición.

Como especie perdimos el camino, violamos la Tierra, nuestra casa común, y nos infligimos un daño enorme a nosotros mismos. Es tiempo de recapacitar, mirarnos azorados por la mente automática y frenética que no cesa, embriagada por el resultado y la conquista y por emociones tóxicas enquistadas en el cuerpo, que inhiben el flujo energético, dañan el corazón y el sistema inmune (Eckhart Tolle).  Asombrosamente, a primera vista esto nos parece irrelevante o simplemente no lo vemos, pareciera un costo necesario a pagar para lograr esos beneficios sin los cuales la vida aparentemente pierde sentido. No percibimos la necesidad de parar, de hacer una pausa y observar, de calmarnos, y entonces caemos en el sinsentido del logro a cualquier precio, incluso a costa de nuestra relaciones más cercanas y de nuestra propia salud y vida.

Respeto y Pausa. Mirar con ojos, pero también con la mente, el corazón y la voluntad abiertos, diría Otto Scharmer (Teoría U), para  tomar consciencia de lo que pasa en mi, del entorno que habito y de los demás seres humanos con los que vivo, para luego y desde ahí actuar con un punto de vista y actitud distinto, más serenos. En la raíz de esta nueva mirada se pueden ver, a modo de ejemplo, al científico y al niño, como testigos atentos que miran la realidad sin juicios y buscan encontrar en ella lo que esa misma realidad puede mostrar en sus infinitas posibilidades. Miran al interlocutor como al árbol en otoño dejando que aparezca en toda su singularidad sin anteponer juicios, conceptos y pensamientos que la mayoría de las veces encasillan, quitan la luminosidad, reduciendo al propio saber y entender a quien o a aquello que se nos presenta. Humberto Maturana señala que para ver y mirar no necesitamos teorías o expectativas, lo único que necesitamos es dejar aparecer al otro lo que supone una actitud difícil por la cantidad de creencias y teorías que arrastramos. El tema es profundo, de hecho, él define amor como el dejar aparecer.

Un camino que debiéramos recorrer al vivir esta nueva realidad que nos azota e interpela es el del respeto y la pausa o dicho de otro modo el cultivar la Presencia, esa que se logra con la mente, el corazón y la voluntad abiertos y que permite entrar sin velos al entendimiento de los ciclos naturales y, con respeto, escucha profunda, apartando el condicionamiento de los juicios de nuestro interlocutor o prójimo.

En tiempos de profundos cambios y cuestionamientos, los métodos, conductas y formas de ser que nos hicieron llegar a esta profunda crisis no nos ayudarán a salir de ésta. Es un tiempo invaluable para mirar, sentir y caminar tocando base desde una Presencia vital que es capaz de encontrarse con otros desde la colaboración y no desde el ser individual, desde el profundo respeto a todos y a todo, dejando que aparezcan. La pandemia nos deja en evidencia la existencia de la humanidad como un todo y el desafío de sabernos integrados para respetarnos, incluirnos y colaborar por medio de sistemas e instituciones que no dejen a nadie en la vereda. El éxito y la miseria de una sociedad azotada y en construcción se medirán por lo que seamos capaces de entregar desde y para cada uno. El bien común y la creatividad colectiva nos interpelan.

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